an

25 julio 2020

"A sangre y fuego" de Manuel Chaves Nogales: De-personalizar el mal

Acabo de leer dos libros sobre la Guerra Civil seguidos. El primero en realidad ocurre en la posguerra y fue un regalo de una amiga, por aquello de la salud mental: "La madre de Frankenstein" de Almudena Grandes, del que no voy a divagar. Solo anotar que horroriza el papel de la psiquiatría en la formación y afirmación de la España nacional-católica (pero la historia de la psiquiatría horroriza en general, no solo en este tiempo y lugar), pero que es frustrante ver cómo se repiten ideas como que "la esquizofrenia no se transmite genéticamente", que Aurora Rodríguez Carballeira "no era esquizofrénica sino paranoica", y termina dando la bienvenida a la apertura hacia ideas psicoanalíticas, hasta entonces rechazadas en España, supongo que por la cantidad de conceptos con énfasis sexual de esta teoría enloquecida. Al final de la novela hay una extensa nota de la autora donde no se molesta en clarificar que si ha usado estos conceptos literariamente, lo que dice la ciencia hoy, en 2020, es otra cosa, y supongo que el lector no especialista se quedará con la idea de que la esquizofrenia ocurre por "la madre refrigerador" o la "madre esquizofrenogénica" como han sostenido los psicoanalistas por décadas (siempre tan amables con las mujeres).   Pero no merece perder más el tiempo con esto, solo anotar que sorprende y decepciona  la falta de consultoría científica en alguien que vende tanto.

La segunda ha sido una de esas recomendaciones que nos hace el náufrago Ro en el subterráneo de esa misma librería vetústica: una colección de relatos "basados en hechos reales" de Manuel Chaves Nogales:  "A sangre y fuego: Héroes, bestias y mártires de España", publicada en 1937 y reeditada en 2009. Chaves Nogales está enterrado no muy lejos de casa, en el cementerio de North Sheen (Fulham), porque murió aquí en Londinium en 1944. No fue uno de esos españoles que se exilió como aquellos que se ven en los documentales caminando con cuatro atados por la frontera de Portbou, Chaves Nogales se definía como un “pequeño burgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria”. Era periodista y dirigía en diario "Ahora" (afín a Azaña) en Madrid, y según cuenta en el prólogo de la novela, "cuando el gobierno de la República abandonó su puesto y se fue a Valencia, abandoné yo el mío". Era 1937, y terminó en París, donde en aquella época terminaban, según sus palabras "todos los residuos de la humanidad  que la monstruosa edificación de los estados totalitarios va dejando". Allí escribió este conjunto de relatos, cuando la guerra todavía estaba pasando en presente continuo, y no se sabía quién iba a vencer "si es que se sabe quien vence alguna vez en una guerra". Entiendo y comparto la metáfora, pero precisamente en esta guerra sí que sé quien debería haber ganado, aquí sí soy parcial.


Chaves Nogales no es que sea imparcial, quedan claras sus credenciales republicanas. Pero cuando empiezas a leer los relatos crees que te vas a encontrar con cera para todos, pongamos un relato en el que se cuentan atrocidades de "los moros", como los llama él (hoy un nombre despectivo, aún usado por una minoría? no sé, no vivo allí; en un relato los describe como "una alimaña aún más rara y difícil que la cabra hispánica de aquella serranía") y otro por los milicianos de la República. Sin embargo, pronto te das cuenta de que no es así: el autor eminentemente cuenta brutalidades de los combatientes republicanos, mientras que los "rebeldes" están ahí de fondo, como una fuente de mal difusa, sin perfilar, vaga, un mal asumido y sobre el que no hace falta comentar. A mí me ha recordado las películas de miedo donde hay un monstruo de cualquier tipo (la última que he visto, "Un lugar tranquilo", donde una familia intenta sobrevivir en un mundo post-apocalíptico sin hacer ruido, para que no les descubran unos monstruos ciegos). Nadie cuestiona al esperpento, es El Mal, y no merece la pena casi ni verlo (de hecho, las mejores pelis del género son en las que casi no ves al monstruo, no es necesario, porque lo que se está trabajando es la imaginación del espectador). En estos relatos, a veces aparece lateralmente la pompa de una iglesia desfasada, la impertinencia de los señoritos que cazan a caballo, la imbecilidad de  "los castizos" ("estaba con los fascistas porque eran unos tíos castizos. Un curioso complejo de inferioridad nacional le hacía reaccionar salvajemente contra todo lo que no fuera español con una delirante xenofobia"), la cobardía ("su fondo nietzscheano de fascista le decía que la duda es una buena almohada") o las ansias de los burgueses en un balneario ("dormían soñando un paraíso de desfiles marciales, jornales bajos, rentas altas, procesiones y fiestas de la raza") pero no hay desarrollo. El verdadero estudio es el de los fallos de los que intentaron defender el gobierno legítimo de la República. 


Dentro del espectro que va de la mera observación y la acción más radical nos encontramos todos. Si uno es un "solucionador de problemas" nato (ante casi cualquier cosa, te sientes obligada a opinar, actuar, a amagar una solución), puedes enmarcar los relatos de Chaves Nogales como un intento de llamar la atención sobre los errores de "los tuyos" para que las cosas cambien. Ha sido curioso leer este libro tan cerca del "Humankind" de Rutger Bregman, en el que intenta demostrarnos con datos que "tor' mundo eh bueno" y que la guerra no es ese cruel no-lugar donde cada uno actúa fuera de su ser "porque nadie sabe cómo actuaríamos en circunstancias límite". Bregman nos dice que se demuestra que la gente decente, lo sigue siendo, y no es todo caos y horror. Chaves Nogales describe lo que parece que ese 1% de gente sin alma (que no existe, pero por llamar de una manera bonita a la capacidad de compasión, de remordimiento, de ponerse en la piel de otro) hace cuando el caos de una guerra atraviesa, en este caso, los campos de aquella península a la deriva. Querría creerme los datos que me da Bregman, ojalá (voluntad de creer, ven!), pero tampoco creo que gente normal, buena, se transforme en lo que el autor nos describe aquí en estos relatos: deben ser la excepción.


En cuanto a aspectos formales, me ha gustado mucho: todos los relatos están maravillosamente escritos, estilo periodístico de nivel: "Afuera, en el cuenco negro de la noche" o "El viento se entretenía en pasar las hojas de los libros parroquiales y los grandes misales cuyos bordes habían mordisqueado las llamas". No da puntada sin hilo.  A ratos, leyéndolo, me he sentido transportada allí: hay un estruendo de cuatro detonaciones en medio de la noche y "ni una sola ventana se abrió, ni una voz alarmada pudo oírse". Parece que ves a la gente mentida en sus casas, a oscuras, acostumbrándose en medio del horror a su "nueva normalidad" que es la de escuchar bombas y  disparos ahí afuera, y solo rezar para que no te toque a ti hoy. Esa lotería. Esos trozos me recordaban a la novela de Kate Atkinson "Life after life" y su descripción tan impactante del Blitz en Londinium. Otra lotería. 


Un tema que recorre todos los relatos es que el pueblo no es un ejército profesional (y, yo creo, no debería serlo), y sin embargo Los Otros, ese ogro sin cara, ese cíclope sin ojo, esos sí que están armados, preparados, organizados,  obedientes y a una: su lema mantener los privilegios de los de siempre. "Los verdaderos militares, los que lo eran de corazón y sabían a conciencia su oficio, estaban todos al lado de Franco. El improvisado ejército del pueblo no tenía ni jefes ni oficiales. Los pocos que por azar se quedaron sucumbieron o desertaron en el insensato empeño de convertir en soldados a unos hombres que precisamente se alzaban en armas en contra de todo lo que fuera espíritu militar".


Pero, los defensores de la república: “El pueblo no sabía hacer la guerra. Los mejores se hacían matar estérilmente; los demás tiraban los fusiles y huían por Andalucía y Extremadura, primero, por toda Castilla la Nueva después; se repetía el patético espectáculo de la voluntad impotente de un pueblo que se lanzaba a la lucha armada en campo abierto sin disciplina y sin jefes; es decir, condenado de antemano al fracaso.”


Así se perdió la guerra. Como se pierde en las pelis distópicas, solo que como se necesita un final feliz para que venda, se miente descaradamente, y los Davids de turno vencen a Goliat. Pero en la vida no pasa: o aquí no pasó.


Siempre me ponían a la defensiva, en aquellas conversaciones de buperos (hoy hace siglos que no hablo de la Guerra Civil en estos términos) la gente que empezaba con un "hubo atrocidades por todas las partes". No creo que estos relatos sean un ejemplo de ello, claro que al leerlos una no puede olvidar a otros dos periodistas, Robert Langdon Davies ("Behind the Spanish barricades") y George Orwell ("Homage to Catalonia") que vinieron a luchar por los valores de la República. Y tantos otros, que cada año homenajeamos a principios de Julio en una monumento en Waterloo que insto a visitar a todos los turistas que vengan a Londinium (cuando eso vuelva). Porque hay que estarles a agradecidos, a ellos, y a ese pueblo desorganizado que cogió su fusil para defender, en resumen, los derechos humanos. Hay distintos niveles de implicación en la acción, y tengo claro que estar escribiendo un blog, por mucho que denuncies injusticias, no es lo mismo que bajar a la asociación del barrio a arremangarse a ayudar a inmigrantes-o la causa que sea. 


Me quedo con dos relatos: "A lo lejos, un lucecita", una historia de espías, casi una yinkana- cruel, por supuesto, y "El refugio", al final, un pozo hondo de tristeza, con la que he llorado abrazada al libro. 


Chaves Nogales hace un análisis desde lejos de porqué nada funcionó, pero al final, no es la culpa de una masa de obreros y labriegos el estar desorganizados, tener miedo, no ser heroicos. Dentro de estos, habrá el 1% de psicópatas cuyas historias nos ha contado. Pero está claro que la culpa es del espantajo rápido y baboso, de siete cabezas, patas metálicas  y dientes triangulares con el que no merece la pena perder tiempo. Tal vez con sus causas: pero esa es otra historia. 


8 comentarios:

  1. Me ha emocionado leerte. Supongo q poner palabras a los sentimientos y emociones que provoca un libro y ademas reflexionar como tú haces sobre el bien y el mal, la justicia...es tan necesario como bajar a la asociación del barrio a ayudar a otras personas.
    Lo leeré, aunque reconozco q no estoy en momento de buscar realismo en los libros, la vida con sus ostias ya m da realidad cada dia.
    Aun así, gracias por tu reflexion
    Muxu haundi bat

    ResponderEliminar
  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  3. MArisa: gracias. Y ya sabes a quién me refería con los q bajan a la asociación del barrio a currar de verdad...

    Por cierto, terminamos de ver el enlace q puse de los imprescindibles de Marsé... míralo cuando tengas tiempo... he desvelado algún misterio, como q su padre adoptivo lloró (con un puro, claramente no celebratorio) cuando perdieron la guerra, estuvo entrando y saliendo de la cárcel por rojo y q era "desratizador" de los cines, por eso Marsé vio tantas pelis de niño y su pasión por el cine.

    Llevo 70 páginas de "Waterland" (El país del agua?) de Swift... me está encantando, ayer apasada la 1 am me dormía... gracias por tantas recomendaciones!!:)

    muxu

    di

    ResponderEliminar
  4. Jo... Chaves Nogales... el año pasado eché una mano en la corrección del catálogo de la exposición del exilio republicano y aproveché para releerlo a cachitos. Mi más favorito sigue siendo su Belmonte, pero éste... Lo curioso es que lo catalogan como "libro de cuentos" (de hecho, se hablaba bastante de él en el capítulo del exilio y la narración breve) y espeluzna que... bueno, que podrían ser otras de sus crónicas periodísticas.

    Buen domingo, bella. Y gracias por esto.

    PS: De la Grandes dimití creo que en el siguiente a Malena es un nombre de tango, es decir, cuando casi no habíamos nacido. Dicho esto, y criterio técnico aparte (porque carezco de), lo de Vallejo Nájera & cía y todo ese mundo... en fin.

    ResponderEliminar
  5. Jei lovely, sí, el de Belmonte es el más famoso-yo por supuesto no lo he leído (spr digo q mis lagunas son tannn grandes). Este sí q son relatos, o cuentos... o whatever.

    Yo debería haber dimitido de Grandes entonces... ja ja. Pero le tenía carinyo pq la escuchaba en la uni en la radio y me caía bien. Una vez fui a una charla y cuando fui a q me firmara un libro me pareció... una diva. Entiendo q igual estaba cansada, o harta o lo q fuera. Leer este libro me ha confirmado q ya no más (y conste q este lo leí pq una amiga me insistió tanto y regaló!).

    LO de Vallejo y López Ibor, buf... por dónde empezar con esos especímenes.

    ResponderEliminar
  6. Muy buenas reseñas. Ahora estoy con Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie, de Eslava Galán, enganchadísima.

    ResponderEliminar
  7. Terminado el libro. Excelente en forma y fondo Chaves Nogales. Escribe sensacional y me apunto Belmonte q recomiendan tus comentaristas. Y también me ha gustado tu post.
    Me he leído a la vez a Clara Campoamor La guerra civil vista por una republicana, que he terminado también ahora.

    Ambos libros muestran la equivocación de identificar republicanismo e izquierda durante la segunda republica. La ceda y los socialistas representaron a cada lado el accidentalismo, usar la República para llegar a otros fines. Y la vision tanto de Chaves como de Campoamor dibuja fenomenal esa inquina y desconfianza que los republicanos progresistas mostraron siempre contra ese socialismo y en general contra el sindicalismo revolucionario.
    Excelente recomendación como siempre del náufrago Ro.

    De Almudena me quedé en Malena y en Lulú. No me engancha. Prefiero sin duda a su parejo García Montero.
    Besicos

    ResponderEliminar
  8. Jei Txelos, siento el retraso, semanas interesantes. Gracias por tu comentario y me apunto Campoamor. En este impasse vi también la peli de Amenábar "Mientras dure la guerra".

    Salud (y República)

    di

    ResponderEliminar

¡Bienvenid@ a DD!

Poniendo aquí tu comentario te arriesgas a que los divagantes continúen divagando.