29 de junio de 2020

Serial 16: Ni Willian Golding ni Philip Zimbardo tenían razón.

En el primer fin de semana de Diciembre, los que no sufrían de esa afección llamada guardia, tenían por tradición visitar un mercado navideño, esto es, varias casitas de madera intentando penosamente emular el rollo bucólico pueblo alemán. Aunque la ciudad más cercana al norte de Danby era Middlesbrough, todavía no había llegado aquí este triste amago de venta de decoraciones y, sobre todo, vino caliente con canela. En aquella época el más cercano era en York, a 47 millas a través de lo que en el mapa parecía otro borrón verde, pero que en mi imaginación era lo que hay más allá de los límites de Banderley, un bosque espesísimo tal vez encantado. 

Por una pequeña fortuna y parte de tu alma, aquel terrorífico Faggin te llevaba en el minibus a Danby, desde donde podías coger el de línea a Whitby o a Middlesbrough: así de complicado era salir de Banderley. Y una vez allí, alquilar un coche. Este proceso confirmó mi sensación de confinamiento, de estar en una isla dentro de una isla, de la que era complicado y tal vez peligroso tratar de escapar. Nadie tenía coches, todos dependíamos de Faggin en su Inverness Coat, qué pasaba si alguien enfermaba y tenía que ir de urgencia a un hospital? Oh, lo olvidaba: Banderley era un hospital. 

Enseguida se hicieron dos bandos: Isabel, Morgana, Yolanda, Mark y Sandip tenían todos buenas razones para ir a York. WH Auden era por supuesto la de Isabel, Morgana quería comprar ropa, Yolanda ir a tomar té al famoso Betty's, Mark, claro, a combinar con uno de sus paseos góticos, con muertes y fantasmas. Y Sandip tenía un primo. El coche que iban a alquilar quedaba entonces lleno, pero por qué no me iba en el otro coche? 

En el que iba Marla, con la que no había hablado desde la fiesta sorpresa, cuando tor' mundo es bueno; Will, el guapo de Halloween, con el que la fiebre me hizo creer que había tenido una conversación sobre Cortázar y un paseo por túneles; Suchandra, la mala, del grupo de palmeros de Cook, y Richard, del equipo de rugby y de mi casa, al único que conocía un poco. Aunque me moría por salir del castillo (eufemismos los justos, pero manicomio aún suena peor que asylum), no sé si me apetecía meterme con una panda de desconocidos a pasar el día. Desde luego la Mariona de hoy, ni de casualidad cambia su montaña de libros por una jornada tan llena de interrogantes. Pero a los 20, aún tienes esa idea boba de socializar, no ser una carca, aquí hemos venido a jugar.

-Genial que vengas con nosotros-me dijo Richard mientras se preparaba su porridge de antes de ir a dormir, ya en pijama. Ya te has hecho la maleta?

-Qué maleta? York está a 47 millas de aquí, llegamos en una hora...

-Ah -risa nerviosa- no, que no vamos a York.

Y como siempre en estos casos, podía explicarlo todo: no York, pero otro mercado mucho menos turístico, más auténtico, y sobre todo, el viaje iba a ser espectacular. Alquilaríamos el coche en Whitby (me señalaba como un profesor el mapa de la isla pegado en la pared) y comenzaríamos a conducir por las costa hacia el sur, pasando por la bahía de Robin Hood, su dedo bordeaba la costa, llegamos a Scarborough, y de ahí a Hull, que invitaría a hacer la broma con "Hell", infierno, pero no, ciudad universitaria bastante cool. Para seguir al sur cruzaríamos por el puente del estuario de Humber: 1410 metros, uno de los puentes de suspensión más largos del mundo-vale, no llega a los casi 3 kms del Golden Gate, pero es muy parecido-también en el viento que corre.  En esos momentos presentí que me iba a hacer una experta sin quererlo en "esta pieza arquitectónica abierta por la reina en 1981", como dijo Richard, aún explicándome en el mapa. Y aquí siguió el aviso sociológico, necesario porque al fin y al cabo, yo acababa de llegar: resulta que cruzar el estuario era cambiar de continente, los del norte, los yorkies, son gente simpática en contraste con los del sur, más ingleses, más estirados, no nos confundas con ellos. Por fin terminaríamos en nuestro objetivo: la pequeña ciudad medieval llamada Lincoln, que gira en torno a su monumental catedral, que parece que inspiró a no sé qué vendedor de bestsellers para su novela, que no se podía mencionar delante de Will, o se ofendía. No le dije a Richard que yo tampoco había leído "Los pilares de a tierra". Igual yo también era una snob de los libros. 

Sinceramente, el plan era poco prometedor: qué podía salir bien? Meterme varios días de viaje, en lo más duro del duro invierno con varios desconocidos? Pero ya no había vuelta atrás: Richard estaba emocionado, parece que, aunque lo hubiera propuesto Will, a él le encantaba la idea de una road movie con el mar del norte enfurecido de fondo, ir parando en cada pub de carretera y hablar con nosotros como si fuéramos amigos que había elegido, no una panda de colegas que aleatoriamente han caído en el mismo lugar de trabajo, todos, eso sí, con una pedrada suficiente como para acabar en un manicomio de los de antes. 

Parece que Faggin nos iba a llevar a Danby los primeros, al alba: siempre asociaré a ese hombre -o tal vez reptil- con oscuridad y escarcha. Los que iban a York habían decidido pasar la noche también para beberse las reservas de cerveza después del paseo de fantasmas- exceptuando a Sandip que tenía primo. Era tan pronto, que la primera buena noticia fue que Suchandra, la mala, no estaba allí. Solos los motivados. 

Sorprende mi amnesia sobre la primera parte del viaje, porque era la primera vez que salía de "la institución" desde que llegué aquí. Lo que de repente aparece como el primer recuerdo nítido es el mar que entra en el coche, que suele ser gris pero que hoy, con el sol que sale de vez en cuando entre las nubes, es de un azul amalfitano, con sus borreguitos como si los hubiera estado pintando Turner. Salimos por un desvío y ahí está Robin Hood Bay, la bahía de Robin Hood, que además de bahía nombre al pueblo, que pertenece al arquetipo de pequeño pueblo pesquero de país bárbaro, todo casitas de tejados a dos aguas, algunas en el borde del acantilado y otras que desde allí van gradualmente cayendo por calles empinadas hasta el mar. Richard conoce el mejor pub, pero es demasiado temprano. Hay una tearoom, que viene a ser un cuarto sobrante en la casa de una señora de 60, que abrirá de 5 a 6:30 para servir tazas de té y tarta de lemon drizzle.  Así que, sin un alma que nos dé algo caliente decidimos hacer lo único: paseo por la playa. El viento es tan fuerte que hay que hablar a gritos.  Parecemos un grupo musical intenso, intensamente posando para la tapa del disco. 

Hacia el sur, más pueblos y alguna granja,  Scarborough (gracias google maps, si no, cómo recordar esto), Hull, y el puente sobre el estuario del Humber justo a su salida. Richard no exageró con esta maravilla, una especie de anacronía en ese paisaje, en esa zona, donde la arquitectura, la gente, parecía que se hubiera detenido en los tiempos de los Tudores. Y luego la charla de "grim", cómo olvidarla: grim es algo triste, decaído, negativo, y supongo que por eso les hace gracia parar a comer en Grimsby. El Lepe nacional, tal vez, pero se lo buscan: su nombre oficial es "Gran Grimsby", hubo un mayor cartel de inseguridad? 

Pero tal vez soy injusta y el nombre viene de la época en la que fue el mayor puerto pesquero de este país. Hoy tiene un aire de lugar venido a menos, casi con encanto, si no fuera por las malditas cadenas que se repiten por todo el país. Pizza, Hut, por ejemplo, donde atracamos su barra libre de ensalada: todo lo que pudieras meter en un bol pequeño o mediano. Con los anios, me haría una experta de meter cantidades industriales de ensalada en el bol mediano. Unos locales de la mesa de al lado, que de dónde venimos, y que tenemos que ir al museo-barco. Con la risa floja, de una manera irónica, acabamos en el barco, aprendiendo la historia pesquera de Grimsby. No sé si lo fabulo o nos dieron unos chubasqueros de aquellos amarillos, y había unos "flssss" cada pocos minutos donde te echaban un spray salado, rollo sensorial, esto era ser un lobo de mar, flashbacks del Pequod, cómo nos disfrutar de aquella visita, coincidimos Will y yo. 

Se estaba haciendo tarde y claro que convendría ya salir hacia Lincoln, pero siempre hay alguien, que vamos a echar una aquí al pub, y luego hacemos tiempo, igual hay otro museo, y ya salimos, está aquí al lado, tenemos todo el domingo para ver el mercado de Lincoln. Del pub recuerdo poco, aparte de oscuridad: madera y clientela. Y que los tres se parapetaron tras sus pintas (yo media, siempre he sido una florecilla), y aquí comenzó otra de esas conversaciones de Banderley que lo hacían un lugar tan peculiar, maravilloso e inquietante. Como el tiempo nos engania con todo, yo no sé si aquellos ratos fueron tan importantes en mi vida como he acabado creyendo, pero esa es la historia que me he contado, así que así fue.

-Habéis leído la patraña que era el estudio de Zimbardo?  -comenzó Richard, tras chocar los vasos y el cheers. 

No sabíamos nada. Joseph Zimbardo es probablemente uno de los psicólogos más famosos del mundo por su estudio de la "Prisión de Stanford" en 1971. El semisótano  del departamento de psicología de la universidad californiana de Stanford fue transformado en una cárcel de mentira para que Zimbardo estudiara si la naturaleza humana se mostraría de distintas maneras según la circunstancia. Así que puso un anuncio para estudiantes que quisieran participar en un estudio en el que iban a ser distribuidos aleatoriamente en dos grupos: unos interpretando a carceleros, y los otros a presos. Zimbardo tuvo que parar el experimento a los seis días porque se estaba yendo de madre: a los que pretendían ser carceleros se les había ido la pinza, y si comenzaron insultando a los presos, terminaba en una escalada total de abuso, humillaciones, deprivación de suenio, y aislamiento total en celdas de castigo. Se concluyó que gente buena se volvía mala bajo cierta presión y que, puestos al límite, todos actuaríamos así.

-Bueno, pues el otro día, leyendo un artículo, parece que han desmontado el experimento más famoso de los 70.

-Qué decía el artículo?-esta era Marla abriendo mucho los ojos. 

-Bueno, pues parece que Zimbardo les decía a los carceleros lo que tenían que hacer. Lo de llamar a los prisioneros por números, o llevar gafas de sol, or hacer juegos sádicos... venía de los investigadores, cuando nos habían hecho creer que reaccionaban así. Imaginad, si en estudios normales los sujetos ya varían su comportamiento si sospechan de lo que va el estudio... aquí, que les decían lo que hacer!

-Pero, esto es un escándalo! Invalida totalmente el experimento, y sus conclusiones.... -este era Will- habrá pasado lo mismo con el experimento de la cueva de Robbers?

Este también me sonaba. Había ocurrido muchos años antes, en 1954, el psicólogo era Muzafer Sherif. Aquí observaban a dos grupos de niños sin problemas previos, de buenas familias, en el campamento de la Cueva de Robbers, en Oklahoma. Al principio un grupo no sabía de la existencia del otro, pero en la segunda semana, cuando ya habían formado cohesión con su grupo se introducía al otro.

-Sí, sí-siguió Richard- hablaban de ello: según Sherif, como sabéis, enseguida, la rivalidad y confrontación comenzó entre ellos, afrentas, venganzas. Pero aunque la conclusión de los autores es que esto pasaría siempre, lo cierto es que también intentaron manipularlos para que hubiera competición y mal rollo.

-Un momento-intervengo- este año, 1954, es el mismo de la publicación de "El senior de las moscas".

-En serio? -Marla y Richard a la vez.

Will me mira con una mezcla de interés y fastidio: por qué he tenido que robarle un dato literario. Esto me da ínfulas:

-Sí, es interesante, porque Golding pensaba que los niños son malos por naturaleza, pero Sherif que todo depende del contexto, como luego haría Zimbardo. Cuales eran las motivaciones de Sherif? Creo que esa época tal vez quería lanzar el mensaje de "cambiemos la sociedad, si mejoramos las condiciones de la gente terminaremos con el mal, si las empeoramos, esto ocurre". 

-Si lo piensas -interrumpió Will- mi tocayo Golding venía de donde venía: ex-combatiente de la  Segunda Guerra Mundial, con los horrores que allí habría visto, trabajando como profesor de literatura en no sé dónde y con problemas de abuso de alcohol: no es de extrañar que no tuviera un ápice de esperanza en el género humano... pero su novela es uno de los libros mejor escritos que... 

-Pero -aquí interrumpí yo- esta novela ha sido una de las influencias mayores en nuestra manera de ver el mundo, la de la sociedad occidental, me refiero... nada es inocente, si pones a un grupo de niños en una isla y en lugar de cooperar los pones a comportarse como...

-Además -Marla, interesadísima-, si como dice Richard, los estudios seminales que todos nos hemos creído a pies juntillas son todo una mentira... qué puta mierda es esta!

Se hizo un silencio en la jauría del pub y solo se oyó el putamierda de Marla. Los parroquianos volvieron a su murmullo y el hombre de detrás de la barra dijo: alguien necesita otra ronda? 

Vaya que sí. La primera de muchas otras que, obviamente, hicieron imposible que esa noche saliéramos para Lincoln. 

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