7 de mayo de 2020

Serial. 13. Primera noche de guardia. Eros y Tánatos.

Para el "Anteriormente, en Serial", clique aquí.


~~~


Por supuesto que estaba leyendo "Drácula": nadie se habrá creído lo que le dije a Mark la noche de Halloween. Pero, imposible escapar: con el tiempo supe que esta lectura era un ritual de todos cuando empezábamos en Banderley.  Yo tenía una edición de Penguin -amo a esta editorial-, en portada una foto en sepia del vampiro sosteniendo a una mujer en brazos, de la peli de 1931 de Todd Browning. Era Bela Lugosi, y en la foto parece tan sorprendido como toda la gente en esa época. Por no hablar de la víctima. Me hablaba mi abuela de las pelis del conde que había visto en su juventud, "Drácula, saltador de tumbas", que no he podido localizar, así que creo que el lapsus sería la famosa "Drácula vuelve de su tumba", de 1968, con Christopher Lee como el conde. Esta fue la tercera película vampírica de la Hammer, la productora británica de pelis de terror y ciencia ficción. Creo que prefiero a Lee que a Lugosi, que al pobre no me lo puedo tomar en serio. Pero desde luego, me quedo con cualquiera de los dos antes que con Gary Oldman en la peli de "Drácula" de mi generación, la de Francis Ford Coppola. Oldman lo hace bien pero al pobre el físico no acompania. Hasta Keanu Reeves, ay pobre con su cara de chico bueno le dieron el papel del abogado acojonado, con una buena capa y su dosis de gomina habría dado mejor.

El caso es que no solo estaba leyendo Drácula, sino que además era mi primera noche de guardia en Banderley. Como si estuviera planeado: qué mejor para distraerse en las noches de una institución mental de arquitectura gótica, que cruje, y chirría, y respira? Esto ya no parecía una buena idea ni siquiera en ese momento, pero después de que mi "alma gemela" literaria, el tal Will, negase nuestra conversación de la fiesta de Halloween (no me lo podía sacar de la cabeza), no me quedaba a nadie a quien contárselo esta noche.

Me presenté en el mess (o cuarto comunal) de Banderley-C a las 5 en punto. Esa era la hora del "handover", cuando los residentes de las distintas plantas te contaban cómo estaban los pacientes, los que estaban agitados y tal vez necesitaran algo de medicación, y si había alguno en seclusión, al que habría que revisar cada cuatro horas.  Luego estaban los trabajos que quedaban por hacer, sacar alguna sangre, escribir recetas, explorar a alguno que le dolía algo, esas cosas. Esperé en aquel cuarto unos quince minutos. Era la típica sala de esparcimiento de los médicos, siempre desorganizada, con ejemplares del British Medical Journal y del British Journal of Psychiatry por ahí tirados en la mesita baja rodeada de sofás y un orejero. Al fondo había una encimera pequeña con tetera, microondas, y una fregadera llena de tazas. En el tablón de anuncios no estaba obviamente el mío, el del grupo literario: quien quiera que los había quitado no dejó nada al azar. En el otro lado había una mesa inmensa, con más revistas, libros, y alguna taza donde iba a crecer algo y echar a andar. En la esquina, otro sofá aún más grande: en ese momento todavía ignoraba sus posibilidades. 

Se abrió la puerta y entró un tipo alto, delgado, con pinta de holandés. Fue directo al mando a distancia en la mesita de café, y sin mirar a la tele, la encendió, a la vez que daba un saltito por mi carraspeo en la esquina.
-Hola, soy la nueva residente de...
-Hola, soy Michaël , pero aquí me llaman Michael. Soy holandés

Bingo: holandés. Y eso que, como quien dice, acabo de aterrizar en esta isla, pienso.

-Encantada-dije, sin embargo, haciendo un amago incómodo de extender la mano, rápidamente abortado porque él ya estaba a otra cosa. 
-Igualmente, te importa si miro el resultado del partido?
-No, no...

Pausa.

-Vaya, terminó. Estás de guardia para Banderley-C hoy?
-Sí, tú estás para...?
-Para las plantas adyacentes, pero he venido a ver si había alguien para handover, ya veo que no...
-Vienen aquí, no? es lo que había oído
-Sí, bueno, depende, a veces está esto muy animado, otras veces llamarán cuando se acuerden o te bliparán. Depende de quien tengas antes para tener esta información...
-Cuánto tiempo llevas aquí?
-Demasiado-suspiró-. Un día es ya demasiado en este lugar.
-Por qué?

Entonces sonó su bleep, ese monstruo del mal sobre cuyo graznido -"blip blip blip" haría yo un reflejo condicionado, como buen perro de Pavlov.  Miró la odiosa cajita negra que todos llevábamos en la cintura con fastidio, luego a mí diciendo "por esto-contestando a mi última pregunta-, disculpa", y marcó los números en uno de los teléfonos de la sala. Hice como que miraba una revista, mientras el decía "Yá Yá Yá" (o sea "Ja", o sea "sí" en holandés, que suena muy parecido al "Yeah"). Colgó con otro suspiro. 

-Algún problema? -esta era yo, haciéndome la simpática o buscando lío.
-Todo es problema de guardia, para eso estamos aquí. No te llaman para nada agradable, ni fácil. Te doy un consejo: llévate bien con los enfermeros jefes de cada planta durante las guardias. Te pueden hacer la vida más fácil, o un infierno. Te lo digo por experiencia.
-Has tenido broncas?
-Me lié con una de las Sisters.
-Entiendo...

En realidad, no entendía nada, liarse con una enfermera jeke, con una Sister Harding? Son acaso humanas? Mientras cogía una manzana del frutero, y se preparaba para irse, me contó que si estás de guardia en Banderley-C, no salía a cuenta irte a tu casa, porque te llamaban bastante. Si estabas en los anexos, era menos complicado, y a veces podías hasta dormir del tirón alguna noche. Y me advirtió que no me quejara, que teníamos la suerte de estar en medio de la nada y no veíamos a los borrachos que se presentaban en urgencias del hospital general de Whitby a media noche. Claro que ya me tocaría tener que bajar de guardia allá dentro de unas semanas, y ya le contaría. Y guiñándome el ojo, se fue. 

Mi mano se fue automáticamente a mi cintura, como un cowboy a su revólver: mi blip no sonaba. Me lo quité, miré la luz, le quité las pilas, se las volví a poner, me fuí al teléfono y me blipé a mí misma: sí, funcionaba, aquí estaba la extensión desde la que llamaba. Por qué nadie me llamaba? Con gran decisión ejecutiva, llamé a una de las plantas, la D3. No gracias, estaban bien, no me necesitaban. Y así fui pasando por todas las plantas de Banderley-C: era una  negra noche sin luna de Noviembre, una noche oscura del alma, iba yo recitando en mi cabeza, y nadie quería nada. Así que me senté a leer un rato en el orejero, me comí un yogur, miré por la ventana, comprobé los radiadores, puse la tele, apagué la tele, puse la radio, todo esto cambiando de posición en el orejero hasta hacerme un kamasutra yo ahí sola y comprobando el blip cada nanosegundo. Y aún eran las 8. 

Otra vez se abrió la puerta: era Sandip. Me saludó intentando evitar el contacto visual y con sus andares de C-3PO se acercó al frigo para comprobar que no quedaba ningún yogur. Tuve que decirle que estaba de guardia, a lo que contestó con monosílabos. No ofreció ni pidió información, y se fue. De repente, sonó mi blip. Blip blip bliiiip. Nerviosa, marqué la extensión y...

-La Dra Calleja al habla
-(risas) Dra Calleja!!!! Dónde está en su primera guardia?
-Yolanda?
-Sí!!! Te he ido a buscar a casa y no estabas
-No, estoy en el mess de Banderley-C, esperando a que me llamen...
-Pero estás loca? Vete para casa, no vas a pasar la noche en ese antro? Si la guardia es tranquila podrás dormir en tu cama, o por lo menos estar en la sala de Drummond, que es algo mejor que ese mess...
-En serio? Pensaba que me costaría mucho volver desde allí...
-Mariona, solo tienes que cruzar el prado... vale, que es grande, pero así haces ejercicio!

Volví al orejero. Mando a distancia, y daban un programa de obras de casas. Qué manía tienen los ingleses con este tema, siempre hay un programa de estos en antena. He de admitir que me enganché un rato. Puse música y enseguida tuve una revelación: Yolanda tenía razón, me iba a casa. Por qué pasar la noche allí sola? Crucé el prado con la retahíla de San Juan de la Cruz en mi cabeza, como una obsesión,

 En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.

Pero al llegar, allí tampoco había nadie. Dónde estaba todo el mundo? Aquello parecía el fin del mundo, así que me iría a la cama con Bram Stoker, y seguiría leyendo otras historias de asylums (psiquiátricos), donde tienen a pacientes como Renfield, al que Drácula promete ratas. 

Blip, blip, bliiiiip. 
Blip, blip, bliiiiip. 
Blip, blip, bliiiiip. 

Ahhh: y me siento de golpe en la cama, con el corazón a mil. Ese ruido me está volviendo loca, que pare, dónde está, en la mesilla, donde también parpadea el despertador, que con sus números rojos me dice: las 3 am. Por fin lo paro, y con las manos temblorosas me dispongo a marcar la extensión. 

-Buenas noches, es la doctora Calleja.
-Buenas noches, doctora, le llamamos de la D4, psico-geriatría. Mire -y carraspea.
-Dígame?
-Siento despertarla a estas horas, pero me temo que va a tener que venir... a ... certificar una defunción.
-Qué?-se me cae el alma a los pies
-Sí, se trata de una anciana ingresada hace semanas con depresión, ha sufrido un paro cardíaco. No hemos podido hacer nada. 
-Voy para allá.

Afortunadamente, estaba vestida. Con el tiempo, desarrollaría un "uniforme de guardias", básicamente camisetas, jerseys y leggins. Todos los gatos son pardos en la noche, y si te llaman a las 3 de la madrugada, solo quieres saltar y salir. Por supuesto no me puse el abrigo, la adrenalina me llevaba, y cuando pisé el césped me di cuenta por primea vez de lo grande que era ese prado, y de la caminata que me esperaba hasta Banderley-C, solo acompañada por el conde Drácula en la parte derecha de mi cerebro, la que controla las artes y la creatividad, y los doctores Van Helsing y Seward que quieren destruirlo en la izquierda, la destinada a la lógica. Esta lucha fue más terrorífica de lo que parece, porque cada suspiro de los árboles, cada pájaro que graznaba de lejos, cada surco en el césped me hacía querer gritar, llorando, por favor, quiero salir de aquí. Y además la idea de lo que me esperaba en la D4: por favor, que esté en la cama, que no haya ataúd (ingenua, cómo iba a haberlo!), pero así era yo de bisonia entonces. Hoy en día tengo cierto callo, pero el terror a la parafernalia de la muerte sigue siendo el mismo. 

Al llegar a Banderley-C solo la mitad del horror había pasado: ahora tocaban pasillos interminables con eco, sin luz, con baldosines sueltos, y puertas cerradas, alguna entreabierta, tras la que, o aluciné o vi a Faggin. No era Banderley un "edificio inteligente": había que encontrar los interruptores y correr los 100 metros lisos con el ruido de fondo, el diapasón que era la cuenta atrás de cuando iba a apagarse, hasta que llegaras al siguiente. Al llegar a la D4 estaba ya con taquicardia severa yo misma, hiperventilando, temblando. El enfermero que me abrió la puerta era un senior negro de unos 50 años, todo paz y calma. Ante todo, tienes que tomar antes una taza de té, dijo, y se llamaba Roy. 

Roy ya sabía que lo que me esperaba no iba a ser fácil: no porque fuera un reto diagnóstico, sino porque yo había conocido a esa paciente en algunas revisiones de día, y era una ancianita adorable. Ethel: se había muerto su marido y, desde entonces, ya no veía el punto de vivir. Su hija me contó cómo se había ido apagando poco a poco, cada día, sin comer, sin dormir, hasta que decidieron ingresarla con una depresión severa. Tenía una melenita tipo "bob", pese a sus más de 90 años, y era pequeña y delgada. Siempre que la veía estaba sonriente, pese a la tristeza que se la estaba comiendo por dentro. Duelo patológico, decíamos, algunos pacientes ven al fallecido. Alucinaciones de verdad, o pseudo-alucinaciones, no sé qué diría Andrew Sims, el de "Symptoms in the mind", uno de los libros más complicados que he leído y que intentaba asimilar en aquella época. Aún recuerdo el día que le expliqué que le cambiábamos la medicación, que la otra no funcionaba, el farmacéutico y la enfermera jefa insistiendo en el cuarto de curas. Aún a día de hoy, muchos anios después, me pregunto si fue aquello lo que la mató. 

Nunca me esperaba lo que vi cuando entré en la habitación: Ethel ya no estaba allí. Sobre la cama había un muñeco, que nada tenía que ver con la mujer a la que cogí de la mano durante el día. Estaba medio encogida y su cara era de angustia. No tengo mejor palabra: un muñeco que ni de lejos se le parecía. Salí sin acercarme y me eché a llorar. Una enfermera me abrazó, "está bien, está bien". 

Y el resto lo recuerdo vagamente, tuve que firmar papeles, y al día siguiente alguien me dijo que cobraría el "ash money", un dinero extra por esa espantosa labor. Cuando salí de la planta aún era de noche, aunque se quería ver el alba, allá lejos, en el horizonte. Mientras pisaba el césped, bañado en escarcha, seguía recitando en mi cabeza enfermizamente la noche oscura del alma, ese poema escrito por un cura hace unos siglos, clara metáfora del orgasmo. Y yo venía de enfrentarme a mi primera muerte. 

Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

Eros y tánatos, dos caras de la misma moneda: ya lo decía el impostor aquel de Sigmund Freud.

No hay comentarios: