14 de mayo de 2020

Serial. 14. Estado mental el día después de la noche toledana.

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En aquella época (comienzo con tinte batallitas) no teníamos el día libre tras la noche de guardia como ahora (se confirma). Ahora lo suyo sería un párrafo sobre lo duro que trabajábamos antes y lo "copito de nieve" que son las siguientes generaciones, que se quejan por nada. Ay! ese día posterior en la planta sin haber pegado ojo, cogiendo historias, haciendo ingresos, terminando informes de alta, todo!! Lo dicho: me ha salido el párrafo contra el que prevenía al lector. Y el caso es que al día siguiente de aquella noche de ansiedad, tristeza y poesía del Renacimiento en bucle tuve que presentarme en la planta y hacer como que me interesaban las historias de los pacientes que tenía que revisar para la próxima ronda de planta con Cook. 



El último de la tarde fue un ingreso, un hombre de unos 40 anios, viejo conocido del personal, diagnóstico: esquizofrenia paranoide. "Historia de la queja con la que presenta" (así comienza una historia clínica): lo de siempre, se había dejado de tomar la medicación, convencido, como la última vez,  de que "él solo podría" en esta ocasión. Pero, oh destino, al poco tiempo, voilá (así me gustaría a mí poder coger una historia, un guinio a la literatura o por lo menos al juego de palabras), aquí estaba de nuevo: a los neurotransmisores no les importan todas tus buenas intenciones, ni tus opiniones, ni siquiera tus valores, van por libre. Lo mismo que a tus genes, que han codificado precisamente ese desajuste de dopamina & Co. A ellos todo se la suda, a los "genes egoístas" de Dawkins: no tienen principios, son a-morales, y no hay nada que hacer. Salvo paliar, de momento. 



Derek, el enfermero todo voz penetrante, me dijo que lo llamaban "The Gentle Giant" (el gigante bueno), y que me preparase: iba a ser divertido. Como casi no me aguantaban los ojos abiertos, lo debió tomar como sonrisa que asiente. El caso es que cuando entró el Gentle Giant, supe a lo que se refería: era una especie de ser mitológico del bosque, altísimo, caquéxico (cómo nos gusta un palabro), con pantalones de pana un par de tallas sobrantes, camisa raída y un chaleco de estrella del rock en caída libre. Poco pelo, en una melena morena desmadejada, un colgante de diente de algún bicho en una cuerda de cuero, y un montón de anillos. El Gigante Verde, digo el Gentle Giant se sentó frente a mí, con los codos en sus rodillas, las manos juntas, para explicarme porqué era del todo un error tenerlo allí, detenido. 

Porque él sabía que yo estaba de acuerdo, pero era una mandada. Esta información la tenía porque él, él mismo,-senialaba al colgante de diente- había descubierto una máquina que se implantaba en el cerebro y podía leer mentes, de ahí que lo supiera todo, me informaba. Si yo tuviera esa máquina, aseguraba, mi trabajo sería mucho más fácil: podría saber lo que todos piensan, sin esas entrevistas absurdas. En la siguiente media hora me explicó el funcionamiento de la máquina con detenimiento. Una nunca sabe bien qué actitud tomar cuando alguien que ha perdido contacto con la realidad (o sea, está en el cuadro agudo de una psicosis), te intenta hacer partícipe de sus ideas delirantes. Con frecuencia no es el caso, porque una de las características más comunes es la desconfianza, las ideas de referencia, la paranoia: miran hacia los lados o la esquina de la habitación, parecen perplejos, hay algo que no se puede explicar que te deja claro, aunque no compartan estas ideas, que te hace sospechar que en ese momento tiene un desorden formal del pensamiento, y del contenido. Y que oyen voces, alucinaciones auditivas. Pero no era el caso de nuestro amable gigante, que, aunque algo fastidiado por estar allí, lo que quería es, a las buenas, hacerme entender la maravilla que se le había ocurrido, o que alguien le había transmitido, para beneficio de la humanidad. En esos momentos, como digo, una asiente todo el rato a la vez que parpadea, más o menos como se hace cuando llevas varias copas (ya no se dice cubatas no? en esa época, sí, vuestra merced) y tu amiga te está contando algún plan imposible que en ese momento crees que seguro haréis, mientras os queréis muchísimo. En un punto, era tan delicioso escucharle-ahí entendí el carisma del que hablaba el personal-que me metí en su conversación, en tu mundo delirante, y me encontré clarificando conceptos enloquecidos, sobre la mecánica y propósito de la máquina. Cuando le sugerí uno, se quedó plantado, medio indignado y terminó, como si por fin me hubiera caído del guindo:

-"Esa es la belleza de la máquina!"


Eché una carcajada allí mismo, y esa frase pasó a ser, desde entonces, parte de mi paleta linguística. Mis amigos de Banderley también la adoptarían, cuando se la contase unas noches más tarde en la barra de Serotonina, pero también la sigo usando ahora, a miles de kms de allí, y nadie me ha preguntado nunca el origen. Tal vez por eso estoy contándolo aquí. 

A las 5 de la tarde, la hora que decía mi contrato laboral que se bajaba la persiana, literalmente me dormía. Calculé que me habría tomado unos doce tazas de té entre la cantina y la "estación de enfermería", una especie de mostrador donde nunca había nadie, con una puerta detrás que daba a la oficina donde pasaba todo. Allí estaba la tetera y una provisión constante de galletas "Rich Tea" y "Custard Creams", mis favoritas, dos cuadrados con una mala imitación de natillas en medio. Estaba Tracy, una pelirroja encantadora, con fuerte acento escocés: como no entendía la mitad, tal vez por eso la encontraba encantadora, y libraba también Sister Harding, la vida me sonreía. Algún rato pasó por allí Craig, el fisio tremendo: es posible tener ese cuello? Además era bastante simpático y Tracy y él hablaron de clases de yoga y pilates en nosequé gimnasio, y que podía unirme cuando quisiera. 

Dieron las 6 en el reloj de la torre de Banderley-C, tan señorial que siempre me recordaba al Big Ben, y seguía escribiendo notas. Entonces sonó mi bleep: Yolanda, qué hacía todavía en la planta, te espero en Serotonina, una sola, venga. En mi mundo hasta entonces, rechazar una salida por "tener que estudiar" era el patetismo máximo. Aquí, rechazar por no haber dormido era igual de perdedor. Dejó claro que excusas no, y que era una mierda si no pasaba. Y me colgó. 

A las 7 llegaba a casa, con la idea de comerme cuatro tostadas y un Weetabix, e irme a la cama, abrazando mi papel de perdedora (al final, no tenemos ya 16 no?). No hubo suerte: al entrar en el salón cocina de Drummond, ahí estaba Yolanda, animada conversación con Morgana. Que conocía a las de mi tipo, estilo-no-aparecer y que si la montania no iba a Mahoma, etc. Que ya sabía (todo el mundo sabía todo aquí) lo de la muerte de Ethel, lo sentía mucho. Lo mejor era hablarlo, y para eso estaban allí ellas dos, cada una en un sofá, Morgana levantándose a poner la tetera y yo, no por favor, mi cama, pero qué va: la noche no había hecho más que empezar.  

-Sabéis que he leído que, dentro de la profesión médica, los que tenemos más posibilidades de sufrir depresión clínica somos los psiquiatras?-así, a bocajarro empezó Yolanda.  

-Ja ja ja... no me extrania-esta era Morgana, desde el frigorífico-, somos también los de más consumo de alcohol?-mientras se acercaba con unas latas de Guinness. No habíá dicho que iba  a hacer té?

-Gracias-esta era yo, intentando aparecer convincente, y ya decidida a meterme en el papel: todo o nada, hemos venido a jugar.- ?Será porque somos los más empáticos?

-Desde luego, empatía y depresión están relacionadas. Pero no olvidemos que de todas maneras, esto se te pasará pronto Mariona: está demostrado que en todas las especialidades la empatía va disminuyendo a medida que pasan los anios de residencia...

-Vamos, que a la salida de Banderley ya seré una psicópata de esas de las que os disfrazáis en Halloween?-y pegué un trago a la Guinness, que nunca me ha gustado. Las dos se rieron.

-La autocrítica durante tus anios de universidad es también un alto predictor de depresión: eras así Mariona? 

-No sé... lo normal. 

-Como profesionales sabemos perfectamente que muchos de los nuevos residentes que llegan a Banderley tienen muchos boletos para desarrollar una depresión. Por eso nos debemos cuidar entre todos...

Me quedo mirando a Morgana. Qué trata de decirme? Está igual de glamurosa pese a llevar pijama y una sudadera. 

-Te acuerdas del estudio clásico de Holmes y Rahe, que decía que si agrupabas ciertos factores en la misma época de la vida, esto te daría con alta probabilidad un episodio de depresión? A ver, había un listado con más de cuarenta! Y aquí cumples varios: 1. cambiar de trabajo, 2. de país, 3. casarse -ja ja ja, esto no nos pasa aquí.... recuerdo que uno era "Navidades!!!" -Y más risas.

-Una vez que estás trabajando, yo creo que lo que más nos afecta es la falta de sueño a los médicos...

-Totalmente, el agotamiento es lo peor. 

Ahí estaba yo, escuchando todo esto mientras se cerraban mis párpados. 

-Y un buen equipo. Caer con Cook no es precisamente un buen comienzo-esta es Morgana. Tienes buena relación con tu familia, Mariona?

-Ermm... sí

-Te lo preguntaré más claro: tú de que huyes? Todos nosotros huimos de algo, pero los que venís de tan lejos, mucho más. 

-Me vas a salir Freudiana ahora, Morgana?-ahí estuve rápida. 

-Bueno, vamos a dejarlo... Mariona, que estamos aquí para lo que quieras-la conciliadora Yolanda. 

-Gracias.-Pero algo extranio sobrevolaba la habitación: una nube negra, una densidad en el aire que respirábamos, un mal rollo, vamos. 

-Hey, Mariona-como quien intenta distraer a un ninio dando una palmada al otro lado de su atención- qué te contó Isabel? Seguro que os caísteis genial!

-Ah sí, muy maja... hablamos mucho de libros y hemos quedado en ir a Whitby a hacer uno de los paseos de Drácula... conocí a la que los lleva...

-Cuando hagas la primera guardia en el hospital general allá abajo, te quedarán pocas ganas de paseos.

-Yo creo que Drácula va a urgencias por lo menos tres veces por semana. Yo siempre me lo encuentro-Ambas se ríen, y Morgana ya está camino de otras latas. A mí aún me falta bastante, pero le pego un empujón. 

-Isabel lo sabe todo de vampiros y de Stoker. Bueno, y del mal... como buena habitante de Banderley- Yolanda abre la nueva lata.

-Te contó que está haciendo la tesis- Morgana se pone el pelo en un monio que atraviesa con un lápiz- sobre posesiones demoníacas? (niego) Buf, pues a nosotras no nos dejaba en paz, sobre todo cuando bajó a Londres aquella semana. 

Parece ser que Isabel aprovechó una semana entera de sus vacaciones para, en lugar de irse a una playa o a visitar a sus padres, acampar en un hotelucho de la ciudad (y decir hotelucho en Londres es mucho decir, lo suyo debe ser pasión por el tema) y pasarse los días en el archivo del Real Colegio de Psiquiatras donde hay todavía tesis doctorales de médicos de toda Europa del Siglo XVIII, en latín, sobre el tema de la "demonomanía". Se leyó una de un tal Martinus Martini, originario nada menos que de Transilvania, titulada "Dissertatio inauguralis practco-medica de Daemonomania et variis ejus speciebus", de 1782. Decía Martini que el demonomamiaco se diferencia de un psicótico clásico en que su idea delirante es únicamente sobre lo diabólico y sobrenatural. Pero había muchas más tesis, y la pobre Isabel ahí con su diccionario y vagas nociones de latín empapándose de lo que intentaba ser ciencia hacia dos siglos. Porque la psiquiatría siempre quiso alinearse, aunque parezca increíble, con lo biológico y la evidencia. 

También metió muchas horas en la Biblioteca de Londres, quizás, como buena mitómana, en el mismo sillón Chester en el que se sentaba Bram. El autor no solo se documentó allí, sino que dejó su impronta, algo que siempre hay que hacer con los libros propios, pero jamás en los prestados. Pues bien, Bram hizo cruces, subrayó párrafos, dobló esquinas de páginas para indicar a alguien que copiara secciones completas. Quedan aún 25 de los libros originales con los que se documentó, que estuvieron en sus manos. Yolanda y Morgana ponderaron un buen rato sobre los rituales de adoración de Isabel con esos ejemplares. 

-Vaya, qué interesante... A ver si veo a Isabel pronto y que me lo cuente.

Entonces me di cuenta de la cantidad de latas que había en la mesa, de lo alto que estábamos hablando, y de que ya mis defensas sociales habían caído al mínimo: me iba a dormir.

-Vale, venga, descansa...-esta era Yolanda, poniéndose de repente seria-. Y sobre todo, cuéntanoslo todo Mariona, prométeme que estarás bien.

Se levantó a darme un abrazo, que yo pensé en ese momento en el típico abrazo de exaltación de la amistas tras unas birras, pero enseguida me di cuenta de que era diferente, era un abrazo extranio, y triste, y sentido. 

Cuando salí de la habitación, algo azorada, una especie de intuición me hizo pararme tras la puerta. Morgana, con una voz con vocación de susurro pero que salió como increpación y reproche, le espetó a Yolanda:

-De qué vas? A punto has estado un par de veces de contárselo todo!! Qué quieres, que lo sepa?


"Intentemos centrarnos en los divagues que sí reciben comentarios"

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