14 de enero de 2020

Serial. Once.

Durante la primera semana de los neófitos en Banderley, no te incluyen en la lista de guardias, que aquí todos llaman "la rota". Cortesía de la casa.  Así que, cuando termino la jornada laboral-que mi contrato dice es de 9 a 5 (Cook sonríe acariciando un gato), en teoría tengo un montón de horas libres. En la práctica, nunca con Cook se termina a las 5, y además desde el principio hay que empezar a estudiar todas la noches. La llamada "carrera profesional" aquí implica ir pasando exámenes periódicos en los que, perfecto, eres testeada sobre temas prácticos de los que ves en el día a día, pero también sobre aspectos teóricos oscuros: neuroanatomía, neurofisiología, cómo evaluar críticamente una investigación (con calculadora) y otros demonios. 

A mí aún me faltan como mínimo 18 meses para presentarme, así que en aquellas primeras tardes semi-ociosas procastino y me dedico a explorar la oferta de actividades, como si esto fuera un resort vacacional. La piscina es lo primero que visito y se me cae el alma a los pies- claro que como 
comprobaré más tarde, esto no es culpa de Banderley en concreto, sino del país entero, que en mil cosas es tercermundista. Para empezar, llamarlo piscina tal vez sea aspiracional: no le hace justicia a lo que a todas luces parece una alberca. Unos 15 metros, tres calles estrechas. Los baldosines son de aquellos pequeñitos, de un azul antiguo, muchos de ellos ya perdidos, y todos con sospechoso rojizo en las junturas. Las rayas del fondo están difuminadas por la extrema profundidad: cuando la construyeron (en la década de los 30?) tal vez aquello del ahorro de agua no era urgente. A uno de los lados hay tres filas de gradas de madera combada, solo me encajan fantasmas en sepia animando allí. Los vestuarios tienen las puertas pintadas de distintos colores que un día seguro fueron brillantes, y sobre las duchas (dos), me pregunto si Salud & Higiene tendrá algo que decir. Eso sí, hay extintores comprobados religiosamente, dicen sus pegatinas. La otra pared está llena de colgadores, donde alguien se olvidó un día una toalla que sigue desmayada ahí; pared que solo tiene unas ventanas estrechas arriba, perpetuamente empaniadas, que es lo suyo. Una pena esta pared sólida si piensas que al otro lado está lo salvaje: no es solo verde, es otro nivel de verde-idad, el bosque emblemático de los Moors. Al nadar, aquella pared chorreante de gotas y trufada de musgo por las esquinas, desaparece, o por lo menos se vuelve cristal, y con cada brazada ves pasar los árboles, los arándanos, los matorrales, los helechos gigantes y las zarzamoras-no sé si me dejo algo, por completar la lista de la flora local. 

Pero una de aquellas primeras tardes me resisto a los encantos de unos largos, porque mi idea del club de lectura, la que no hizo saltar de emoción-o me lo parece a mí- a la amante de la literatura oficial, Isabel, sigue en ebullición. Solo en mi cabeza, vale, pero seguro que hay alguien ahí afuera que quiere hablar de libros en las 
largas noches negras de Banderley. Así que mi destino es la sala de ordenadores, un cuarto sin interés, al menos al lado de la biblioteca de Alejandría esa que tienen aquí.  En los 90, aún no sabíamos bien qué hacer con los ordenadores, y si algo recuerdo de aquellas salas eran los ruidos: uno, el de la ocasional conexión a internet, para mirar algo puntual, el teléfono marcando, y tú contra reloj porque te cobraban por minuto. El otro sonido era la impresora, una fiesta de grunidos hasta que por fin aceptaba el papel, una pequenia eternidad sacar cada página. En aquella época, la gente iba allí con un objetivo, y se iba; de hecho esa tarde estoy sola. Huele a papel amarillo, moqueta vieja, gato antipático, mientras el aparato parece debatirse en dudas (i-o) y cuando por fin escupe los ocho carteles, la sensación es de logro absoluto. Ya sé dónde los voy a distribuir-biblioteca, cantina, Serotonina, piscina (he hecho una rima?), los tablones del hall de las casas. Releo: he hecho bien con no fijar día y lugar, sino que los interesados me contacten vía el correo interno. Oh, el mítico correo interno!: de todo hace siglos, pero sobre todo de aquellos sobres con cuadros donde una ponía la persona y el departamento al que iba dirigido, y una vez recibido, se tachaba y se volvía a reutilizar, poniendo la siguiente dirección en el siguiente cuadro. Una idea embrionaria de reciclaje. Una vez que tenga una lista con los interesados, ya pensaré otra manera de comunicarnos. 

Nunca diré lo suficiente que en Banderley a finales de Octubre la "tarde" es noche cerrada, y pegar los carteles me hace sentir medio clandestina. Creo que nadie me ve. Antes de volver a casa, me paso por la tienda, que algo habrá que cenar. Es curioso que, aunque la cantina estaba abierta hasta las 9-aquí ya no se cena a esas horas-, solo la solían usar los que estaban de guardia y algún otro perdido. Había una cultura en Banderley de cenar en las casas, lo que implicaba cocinar y cierta logística con la compra. Había alguna casa muy bien organizada que compraban juntos, y con una "rota" para preparar la cena. En Drummond, la mía, no había nada así y cada uno sobrevivía como podía. A veces, Sandip, el chico indio raro hacía un curry enorme para todos (con un bote de yogur al lado los gallinas como yo, maldito picante). Richard hacía pizzas con una levadura que tenía congelada, y esto también solía ser una ocasión. Yo no sabía hacer nada, así que me limitaba a hervir pasta, aderezar ensalada, tostar sandwiches y en los momentos de máxima desesperación-frecuentes- a darme al equivalente de las "navajuelas chilenas" (sinónimo de todo enlatado que se puede llegar a comer directamente de la lata, si eres muy cutre, y yo lo soy). Por lo menos, uno de los beneficios de cenar con tus compas era que sacas el atún, sardina o navajuela de turno a un plato, porque no se es tan bárbara de rebuscar en una lata si estás a la mesa. Alguna noche especial, si la cantina hacía "noches tailandesas" o "mexicanas", nos los llevábamos en las cajas de cartón: en aquella época y en Banderley todavía no existía el concepto de que te trajeran la comida a casa-yo lo anioro, sigo sin ver el punto de que un pobre se juegue la vida en una bici de noche y con lluvia para traerte una hamburguesa por 3 libras. 

Hoy se me ha hecho tarde: me veo comiendo pulpitos en su salsa en su lata, pero cuando llego están por ahí recogiendo Morgana y Duncan. Hola, hola, esta es la nueva, hola, hola, este es Duncan, hola, acabo de llegar de vacaciones. Nos damos la mano. Duncan y su extranio corte de pelo, o tal vez solo era graso. Duncan y sus gafas que una no sabe si son pasadas de moda, o de nuevo modernas, desde luego sin cristal reductor: muy al fondo brillan los ojos de un azul antiguo, como el de los baldosines de la alberca. Duncan y Morgana, hablando de Halloween. 


-Ah, Mariona, Halloween, ese invento yanqui... no sé qué piensas, pero aquí en Banderley lo tomamos muy en serio, no hay opción...-Morgana entona como si estuviera en un escenario, no sé si cómico o como de peli de terror. Pasa el testigo a Duncan:


-Te preguntarás por qué-carraspea-Bueno, todo viene del interés que tenemos muchos en la psicopatía, así que te puedes imaginar que tenemos un amplio espectro para elegir disfraces... -


-Cómo que psicópatas? Os disfrazáis de... Jack el destripador?


-O de Ted Bundy, John Wayne Gacy, Jeffrey Dahmer, Ed Kemper...



-O Myra Hindley, si quieres ir de chica, interrumpe Morgana.


Tengo la sensación de que la lista es mucho mayor y el nanosegundo que empleo en procesar esto se hace eterno. Ellos se miran muy rápido y Duncan remata,  regodeándose: "y no olvidemos un clásico de tu país... Juan Díaz de Garayo"-lo pronuncia como puede-, "no me digas que no lo conoces".

-Em... no-para entonces empiezo a estar asustada

-El sacamantecas!

Pero dónde me he metido? Se lo están pasando en grande a mi costa, los capullos. Y yo tengo que ir a dormir sola por ese pasillo a esa habitación tan blanca, y tal vez, con malas suerte, a medianoche tener que salir a ese banio que ya se me antoja el de "Psicosis".  Sin saber cómo he acabado sentada entre ellos en los sofás. Morgana se levanta con sus aires de gran dama de la escena para echar un nuevo lenio a la chimenea-literal y metafóricamente:


-Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo ya no sabe dónde podrá detenerse. La ruina de muchos comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron importancia en su momento, Mariona, y me mira.


-Ey, tíos,  que no me sabré la lista de vuestros asesinos en serie, pero esta me la sé... Thomas de Quincey, "Del asesinato considerado como una de las bellas artes"... 

Los dos se ríen y aplauden, están muy orgullosos, parece, de su Mariona, una chica de pueblo que aún no conoce los códigos de este manicomio, o cárcel, o castillo encantado, o internado gótico. Aún no lo tengo claro, pero una sensación de que todos me ocultan algo me envuelve, y logro espantarla con la razón: Mariona, estás parana. Les pregunto si esto es el rito de paso, de introducción de todo novato, y que no tiene gracia. Por qué este interés desmedido por El Mal? Les intento explicar que, estudiando psiquiatría, me he enfrentado con esquizofrenia, trastorno depresivo, obsesivo compulsivo... pero que sé muy poco sobre la psicopatía porque, es acaso una enfermedad mental? No tiene tratamiento. El caso es que todo eso se lo digo porque en aquella época, yo aún creía que había estudiado mucha psiquiatría: es la ingenuidad del bisonio, que aún cree que sabe algo. Hoy, muchos anios después, me siento como que no he empezado a rascar la superficie. 


Durante la conversación que sigue, queda claro que Duncan es del club de Yolanda, interesado en la psiquiatría forense, y esa es su excusa para su interés por estos temas. "Pero qué es un psicópata?" es lo siguiente que está diciendo a un aula magna que está solo en su cabeza: "Te diré la definición de Robert Hare,  un psicólogo canadiense, padre de la investigación sobre la psicopatía. Los psicópatas son depredadores que usan el encanto, la intimidación, el sexo, la manipulación y la violencia para controlar a otros y satisfacer sus necesidades propias. Carecen de empatía y conciencia, cogen lo que quieren y hacen lo que les place, violando normas sociales sin culpa ni remordimiento. Lo que les falta es precisamente las cualidades que hacen que a humanidad pueda vivir en armonía". Pequenia pausa efectista, y continúa "Y sí, Mariona, como tú, Hare piensa que los psicópatas son incurables y que lo que hay que hacer es aprender a identificarlos, no curarlos".

Me pongo el dorso de las manos en las mejillas, están a punto de explotar: no sé si es la chimenea crepitando frente a mí, o el terror. Pero a ellos les da igual, y aquí entra Morgana con más detalles:

"Resulta que Hare trabajaba como psicólogo en una prisión en Vancuver y comenzó a investigar, comparando convictos psicópatas y no psicópatas. Tras ponerles electrodos de EEG, les medía el sudor y la tensión arterial cuando les decía que iba a contar para atrás, y entonces les daría un shock eléctrico (esto se prohibió en principios de los 70, comités de ética y esas cosas)"-y aquí me guinia el ojo-. "Como sabes, -aquí lanza una mirada a Duncan, el como sabes parece claramente irónico, ya piensan que no sé nada- la amígdala es la parte del cerebro que anticipa el dolor y normalmente manda seniales de miedo al sistema nervioso central. Hare encontró grandes diferencias: los no psicópatas se ponían tensos, sudaban... en fin, parecían asustados. Los psicópatas, sin embargo, no mostraban ningún signo de ansiedad antes, y cuando llegaba la descarga, soltaban un grito tal vez. O sea, su amígdala no estaba funcionando correctamente. Cuando repetía el test, los psicópatas seguían sin anticipar nada, sin mandar seniales de miedo: fíjate, Mariona, no aprendían. Por eso es tan probable que re-ofendan, no aprenden de las consecuencias. Los cerebros de los psicópatas eran distintos, al menos en esto".

Una mirada de victoria, un breve segundo para inspirar, que no es desaprovechado por Duncan para meter otro experimento, el "Startle Reflex Test", que es parecido, pero en él debían mirar terroríficas imágenes gore. Los no psicópatas se estremecían; los psicópatas no se horrorizaban, sino que permanecían absorbidos... y, a ver Mariona, qué te pasa si te digo la palabra ermmm... tortura?

-Muerte!-esta era Morgana
-Desmembramiento!-Duncan

Y se turnan:
-Dolor!
-Chernobyl!
-Agonía!
-Soledad!
-Auchwitz!

Los tengo prácticamente encima:
-Abandono!
-Atrocidad!
-Espanto!

BASTA!!! 

En serio, me quiero ir: a dónde no sé. Mientras me levanto Duncan dice lo que sea, me importa un pepino, "estas no son palabras neutras, sino que todas son altamente emocionales, tienen mucho mayor contenido semántico que las palabras neutras y evocan mayores respuestas del cerebro...pero los psicópatas responden a ambas palabras igualmente... las palabras no tienen el mismo color afectivo que tienen para ti... los psicópatas carecen de parte del contenido que te hace sentir del lenguaje. Para un psicópata, una palabra es solo una palabra". 

-Creo que me voy a dormir, tengo la cara muy caliente y...

-Parece que tienes fiebre, quieres un paracetamol?- Morgana entra conciliadora. Me pregunto si se sentirá mal. 

-Tengo, gracias. Y cuando cruzo la puerta hacia el pasillo, la machacona voz de Duncan: "te voy a dejar "La máscara de la cordura" de Hervey M. Cleckley, un clásico de la psicopatía, anio 1941"...

-Y yo te ayudo maniana a encontrar el disfraz de Halloween.

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