10 de diciembre de 2019

Serial. Diez.

Era un mujer de 75 anios, delgada, todo fibra. De lo que se llama "petite", una muñequita. Llevaba el pelo corto, estiloso, gafas metálicas, sujetadas con una cadena. Violet Rubí fue mi primera paciente en Banderley. 

Había llegado para ingresar en medio de la noche, hacía un mes. Uno de los enfermeros me contó que Violet era un vieja conocida-valga el juego de palabras. Siempre llegaba a la planta en la circunstancias similares: para qué taxi o ambulancia, si puedes llegar en coche de policía. Detenida. Violet tenía un diagnóstico establecido de Trastorno Bipolar. Cuando entraba en la fase alta, dejaba a veces de tomarse el Litio, con esa sensación de "todo lo puedo" que luego he visto tantas veces, a través de los años en otros pacientes. Eso, o el rechazar medicación porque "lo quiero intentar yo solo". Pobrecitos: como si este juego cruel de neurotransmisores dislocados tuviera algo que ver con el "querer". Esto es algo que te pasa, una mala lotería que le puede tocar a cualquiera, igual que algunos tienen un tiroides hipofuncionante, y a otros se les empiezan a reproducir las células de un tejido como locas. Nada que ver con tu voluntad, con tu fuerza, contigo. Pero aún así, nos empecinamos en hacer responsable a los enfermos mentales de sus comportamientos, como si fuera la culpa del ciego el haber perdido la vista. El estigma que hay detrás de esto hace que se me caiga el alma a los pies. Y bueno, a Violet aún le había tocado el estigma menor: dentro de las psicosis, el trastorno bipolar es de lo mejorcito, en comparación con un diagnóstico de esquizofrenia. Hay estudios muy claros sobre el sobrediagnóstico de esta última enfermedad en inmigrantes, y gente pobre. Si estás loco y eres burgués, tienes más posibilidades de acabar con bipolar. Además, Virginia Woolf, Van Gogh, Sylvia Plath, Edgar Allan Poe, Stephen Fry... todo mucho más artístico y  glamuroso.  

Hace un mes, siguió el enfermero, la encontraron en una plaza de Whitby, en tirantes, farfullando sin sentido, loca. Cuando se fue todo el mundo, seguía allí, con los borrachos y los mendigos, y se quiso meter en la fuente, y sus gritos despertaron al vecindario: vamos, lo de siempre. Y entonces los rituales repetidos de la poli deteniéndola con la Sección 136, y vuelta a Banderley. Este es un hospital de distrito, y algunos de los enfermos crónicos son casi parte del decorado, todo el mundo los conoce.  Mi labor en mi primer día de trabajo real, consistía en hacerle el examen del estado mental, que se llama, para ver si el tratamiento estaba funcionando, hablar con el equipo de enfermería sobre sus observaciones y, por fin, consultar con Cook.  Y familiarizarme con las secciones de la Mental Health Act  1983 (Ley de Salud Mental), algo que en la península de la que vengo habían remotamente hablar. Allí llegaba el forense, malhumorado y con manchas de sol y sombra en la camisa, firmaba la detención, y se iba, a rematar la noche. 

Violet estaba en su habitación cuando entré a presentarme. "Dra Calleja", repitió. En aquella época y en Banderley no podíamos lograr el acercamiento al paciente ni parecer mínimamente humanos con algo tan sencillo como dándoles nuestro nombre de pila. A mí esto me molestaba mucho, ser siempre la Dra Calleja (Calleha, ni que decir tiene que la jota desapareció en esa tristeza aspirada). "Sí, Sra Rubí, lo dice muy bien", y tras mentir la sugerencia de pasar a hacer la entrevista a la galería acristalada, en la que me gustaría poder decir que había sol, pero era otro día nublado del norte. Aún así, teníamos la inmensidad de las praderas delante, pared de piedra con florituras góticas-se incluyen gárgolas-en el lateral. Banderley era un festín para los ojos. 

Violet me siguió y se sentó muy cerca del extremo del sofá, como si se fuera a levantar en cualquier momento.  Sus manos eran expresivas incluso en los extraños momentos en que no gesticulaba: recorridas de inmensas venas azules, todo tendón y hueso, y con anillos enormes en cada dedo. También llevaba collares, y pendientes de brillantes. "Esto no es nada", comenzó, tras registrar mi mirada de neofita del gremio, contrastando los libros de texto con lo que tiene delante de los ojos. Porque sí, los libros hablan de los enfermos bipolares en fase maniaca eligiendo ropas muy coloridas, o provocativas, o inapropriadas, y joyas o bisutería enorme, árboles de Navidad andantes. Cuando Violet se deja de tomar el estabilizador del estado de ánimo, se viste con lentejuelas o brillantina (tops de fiesta de hace mil años) y se pone todas la joyas que encuentra por casa.  Paró para cogerme la mano porque quería que entendiera que sus joyas eran todas "reales" -regalos de su marido durante su largo tiempo juntos:  oro, diamantes e incluso, como su apellido, tenía un juego de pendientes y anillo de rubíes. 

Aún recuerdo su historia porque me llegó, ahora sé que por una serie de factores personales, culturales y ciertamente relacionados con que yo acababa de aterrizar en este país. Violet había sido un ama de casa a la que apasionaba la lectura, casada con un hombre de negocios con mucho dinero. Habían tenido una vida muy feliz y dos hijas. De repente, en cuestión de un par de años, su vida tal como era se derrumbó: sus hijas se fueron de casa, ambas con trabajos importantes ("highfliers", las definió, que vuelan alto-siempre me ha gustado esa palabra, sobre todo, admitámoslo, describiendo a mujeres), y su marido murió súbitamente. De un día para otro, toda su identidad se desmoronó. Cayó en depresiones severísimas en las que, me contó, no se suicidó por un pequeño perro que tenía. Pasado un tiempo, se empezó a sentir en el "techo del mundo", con una euforia, y unas ganas de hacer cosas inusuales. Cuando comenzaba con esta fase, era como una adicción: le encantaba. Iniciaba mil proyectos-que no terminaba-, la energía era inagotable, por tanto no dormía, ni comía, ni podía parar de hablar, o reír, pero su humor no es que fuera predominantemente feliz, sino irritable. Podía llegar incluso a dar un puñetazo-"y con esto, duele", me dijo  mirando de reojo los anillos- al primero que en la calle se interpusiera en su camino. Violet-y esto es lo que me dejó boquiabierta en aquella época-no tenía ninguna expectativa de que sus hijas estuvieran allí por ella. Tenía claro que ellas estaban atendiendo a sus ambiciosas vidas profesionales (ninguna había querido tener hijos por su carrera, sabias mujeres que no se tragaron el "lo puedes tener todo" a menos que tengas uno de esos pocos hombres verdaderamente feministas que hay por ahí), y no podían dejar de correr en su rueda-de-raótn personal por a su madre. Violet solo vivía por ese perro de aguas, que en este momento cuidaba una vecina. 

Leyendo la historia de este ingreso, vi que cuando llegó Violet presentaba con ideas delirantes sobre sus contactos con la reina y con alucinaciones auditivas en las que voces le decían que ella tenía poderes, como leer las mentes. Cuando vi a Violet por primera vez aquel día, todos los síntomas psicóticos, de desconexión con la realidad, ya estaban bajo control con la medicación. Seguía sin dormir bien, y le subí la dosis de Zopiclona. Estaba desesperada por irse a casa, por su perro, y le dije que si seguía así, enseguida le daríamos el alta. Esto fue un lanzarme a la piscina total, porque aún no había discutido el caso con el equipo y no tenía ni idea de la opinión de Cook. Cuando me despedí, supe que volvería a hablar con ella siempre que pudiera, con la excusa de hacerle un estado mental: me había enganchado a su energía. Pero sin engañarme, cuando los neurotransmisores de esta pobre mujer deciden el bajón, lo único que le para para matarse es un perro.

Ya debía hacer un rato que se había ido, y yo seguía en la galería, disociando, con la mirada perdida en lo verde. El busca -que aquí se llamaba bleep (blip): el inglés es el idioma de las onomatopeyas- me devolvió al mundo. En aquella época sin móviles, tenías que encontrar un teléfono, marcar la extensión de la pantallita. 

-Hola? Dra Calleja?

-Hola, me preguntas si soy la Dra Calleja? Porque yo busco a la Dra Calleja

-Ah, no perdón, yo soy la Dra Calleja -por qué terminé la frase en interrogación, en serio. Puedo ayudarle?

De repente, una carcajada.

-Hola Mariona, soy Isabel Archer, perdona... te estaba tomando el pelo. Morgana me ha hablado de ti y me ha dado tu busca. Quedamos para comer?

-Ah, Isabel... sí, perdona... sí, sí, encantada... son solo las 12, a qué hora quedamos? 

-Ahora, te va bien? En 10 minutos en la cantina?


Comer a las 12 todavía pertenecía en mi mente al soporífero mundo del bebé. Baby-lunch, y luego siesta. Pero parece que aquí esto era lo normal, a juzgar por la cantidad de gente esperando con sus bandejas en la cantina. Yo me había llevado un sandwich, pero lo dejé en la mochila y cogí una bandeja como el resto. Cuando estaba eligiendo una patata asada con atún y coleslaw, quien supuse era Isabel hacía señas desde una mesa. No era difícil distinguirme, me dijo luego, con la descripción de Morgana: aunque algunas veces me han dicho que tengo más pinta de eslava que de mediterránea, pese al pelo oscuro, piel tan blanca, y ojos grises, lo cierto es que el pichi de dominatrix (esto lo aprendí varias noches después, en Serotonina, tras varias Guinness) me hacía reconocible. 

Por mi parte, Isabel Archer no iba vestida de época, como el personaje de James, pero poca gente puede ajustarse más al perfil de librera: gafas de pasta rojas, ningún sentido de la moda o de la  combinación de vestuario, y aquí incluyo chalecos tricotados por ella misma-sí, así de falta de introspección. Isabel sonreía mucho porque por fin iba a tener a alguien con quien hablar de libros en Banderley. Nuestra conversación, muy agradable pero, como con todo el mundo desde que llegué a este castillo encantado, la sensación de que algo se me estaba ocultando. Algo misterioso, o tal vez terrible, o tal vez simplemente que tenía que ganarme poco a poco.

Isabel, como yo, era una fanática de las Bronte y, tras un debate animado sobre si nos quedábamos con Healthcliff o con Rochester como favorito héroe byroniano (ella Heathcliff, yo Rochester), decidimos, en el siguiente fin de semana que las dos estuviéramos libres, ir  a visitar la casa natal de las hermanas en Haworth. Le conté lo que me había pasado en Whitby, y que tenía un contacto, Lucy, que hacía paseos de Drácula. Isabel dio palmaditas, también deberíamos ir a aquello, ahora que además se acercaba Halloween! Y ya llevada por una falsa exaltación de la amistad, la acababa de conocer, por Dios: "Oh, y por qué no fundar un club de lectura? Pondremos anuncios en el corcho de Serotonina cuanto antes y..." Isabel dejó de sonreír, carraspeó, molesta y entonces, de repente, se compuso: "oh, sí, qué gran idea!"

Y entonces, sonó mi blip. 

3 comentarios:

Elena Rius dijo...

Me ha gustado la descripción de Violet, ciertamente es un personaje que puede dar mucho juego. ¿Volverá a salir?

Di Vagando dijo...

ELENA!!!! Qué gracia, qué curioso... fíjate q de todos los personajes q han salido hasta ahora, es el único 100% real. Será por eso? que transmite verdad?

Conocí a Violet, y le he cambiado el nombre, pero su nombre real era aun más rimbombante q el q le he dado. Yo pensaba, igual q las monjas tienen nombres "santos" tipo "Caridad" o "Candelaria", esto es como que su nombre era ya de persona con manía.

Ya sabes q no hay hoja de ruta (ja ja no me mates), pero no pensaba sacar más a Violet.. pero sí a más pacientes. Dentro de mi no-plan, la acción q se resiste va a ocurrir con el personal q trabaja allí, no los enfermos :)

besos y mil gracias por leer!

di

Anónimo dijo...

A mí también me ha gustado cómo has descrito el personaje de Violet. Totalmente creíble.